Arqueología. Más allá del oro

Por: Rianmy María Méndez

En el Caribe, al ver a un arqueólogo excavando o explorando un sitio, siempre se le pregunta si ha encontrado oro. Se considera al arqueólogo como un buscador de tesoros y al pasado como un universo repleto de oro arrebatado a los indígenas por los conquistadores, robado a estos por los piratas o escondido por algún rico hacendado antes de morir.

El oro no tenía un gran valor entre las sociedades indígenas del Caribe, aunque ciertamente fue usado por estas y se intensificó al máximo su extracción con la conquista europea, especialmente por la necesidad de este metal en una Europa en pleno proceso de expansión mercantilista y de acumulación de capitales. Los indígenas preferían una aleación de oro y cobre, llamada guanín, que venía desde Colombia y cuyo valor se asociaba a lo lejano de su origen, a determinadas ideas mitológicas y a sus conceptos de sacralidad.

Sin embargo, los indígenas nos legaron un tesoro mucho más valioso. Su contribución histórica, social y cultural a las actuales sociedades de la región es mucho más amplia e importante de lo que se reconoce, y constituye un legado invaluable. Este permanece ignorado en gran parte y en muchos sentidos se atribuye a otras raíces étnicas y culturales, porque pensamos que su desaparición fue tan rápida que no tuvieron tiempo de influir en el mundo colonial o en nuestro presente.

Los indios, expresión colonial de las antiguas sociedades asentadas en las Antillas Mayores, no desaparecieron, sino que se integraron de diversos modos y llegaron al presente desde un núcleo mestizo que en su mayoría perdió contacto o la conciencia sobre ese pasado. El mestizaje fue un canal para la permanencia del componente genético y cultural indígena. De él parten formas de identidad vinculadas a estas comunidades, legitimadas por su vínculo con la tradición, la pertenencia al espacio y los nexos familiares.

No puede negarse la realidad de la destrucción de las sociedades indígenas; la persistencia del indio y su impronta cultural no pueden usarse para minimizar las consecuencias terribles de la conquista y el colonialismo.

Tampoco se puede magnificar arbitrariamente la supervivencia de indios o de comunidades que se autoreconocen como indios, o de su legado, y homogenizar este proceso en el Caribe. Debe primar la objetividad de la investigación, y no dar preeminencias excluyentes a una raíz cultural o forzar la historia. Por otro lado, se precisa construir un diálogo y un vínculo con la sociedad para usar los resultados del trabajo académico que rescata y reconoce este legado, en función de un cambio de visiones y actitudes, con repercusión en un mejoramiento de nuestra realidad.

Es indudable que el componente de base indígena no es lo definitorio en nuestros rasgos de identidad, no obstante, enfrentar el reto de recuperar su legado y con él la carga de memoria precolombina, es una tarea imprescindible para entendernos como sociedades y superar la manipulación colonial de nuestra historia. Es un acto que pasa por la acción de descolonización de nuestro pensamiento y de nuestras Ciencias Sociales, en particular la Historia, la Arqueología y la Antropología.

Nuevas visiones sobre viejas historias

La búsqueda genética y antropológica, al igual que el estudio de las memorias personales y nuestras genealogías, pueden hallar la conexión con individuos que dejaron de existir, en gran parte porque se decretó su fin y se instauró el olvido histórico. En cierto momento dejaron de ser censados o se recogieron en la documentación oficial como blancos, pardos o mulatos. Por otro lado un mestizaje continuado cambió sus rasgos, pero no borró necesariamente su identidad y su legado.

El proyecto de investigación internacional ERC-Synergy NEXUS 1492 estudia los impactos de los encuentros coloniales en el Caribe, y el nexo de las primeras interacciones entre el Nuevo y el Viejo Mundo. Aborda la dinámica intercultural amerindia-europea-africana en múltiples escalas temporales y espaciales a través de la brecha histórica de 1492, y enfrenta los diversos retos que supone el estudio del legado indígena en la región.

Se trata de una investigación que integra especialistas de múltiples disciplinas científicas, países y universidades, liderados por un equipo de la Universidad de Leiden (Holanda). En el país, uno de los varios estudios que se realiza, dirigido por los arqueólogos Jorge Ulloa Hung y Roberto Valcárcel Rojas, profesores del Área de Ciencias Sociales y Humanidades del INTEC e investigadores postdoctorales de la Universidad de Leiden, analiza y compara la persistencia de las poblaciones y tradiciones indígenas en Cuba y República Dominicana.

La investigación integró además a la especialista Jana Pesoutova, y su evolución y avances hasta el momento se publican en la web nexus1492.eu. Entre sus resultados señala que en las Antillas Mayores, al ser liberados los indios de la esclavitud o de la obligación de trabajar para los españoles a través del sistema de encomiendas, el número de sobrevivientes fue mucho mayor al históricamente reconocido, y que en el entorno colonial estas poblaciones e individuos lograron sostenerse e integrarse de modo efectivo.

En archivos del Caribe y España, y a partir de resultados de la investigación en museos y del estudio etnográfico en diversas zonas de Cuba y la República Dominicana, se han hallado evidencias nuevas de la presencia poblacional del indio, y también datos sobre permanencia de múltiples prácticas culturales, económicas, gastronómicas, ambientales, religiosas, y curativas, entre otras.

Urge un cambio de enfoque

El legado indígena está integrado en nuestro universo. No persiste en forma pura; no hallaremos personas desnudas, con arcos, flechas y pinturas corporales, escondidas en los bosques, o viviendo en aldeas como las descritas por los españoles de los siglos XV y XVI. Quien piensa así no lo verá.

La presencia de descendientes de la población indígena que habitaba las Antillas Mayores al momento del arribo europeo y de los que fueron movidos a estas islas de modo forzoso por los europeos, se observa históricamente (según los censos y otros registros coloniales) en Puerto Rico hasta el siglo XVIII, en La Española y Jamaica hasta el siglo XVII y en Cuba hasta el XIX. Esto no informa generalmente de poblaciones que quedaron aisladas, o de grupos mestizados que siguieron manteniendo un fuerte componente de identidad indígena.

En el caso de Cuba, a mediados del siglo XVI muchos de los sobrevivientes fueron concentrados en los llamados pueblos de indios (Guanabacoa, El Caney), que se convirtieron en reservorios de tradiciones y conocimientos indígenas.

Con la determinación oficial del fin de la “raza india” en el siglo XIX, se eliminaron los privilegios de que gozaban estos pueblos y se permitió que sus tierras fueran acaparadas por las oligarquías terratenientes. En algunos de estos pueblos -como Jiguaní- sin embargo, y en otras regiones de la isla (Yateras, Fray Benito), aún viven personas que se autoidentifican como indios. Individuos y comunidades que reivindican esta identidad también viven en Puerto Rico y República Dominicana, o en la diáspora de estas naciones en los Estados Unidos.

En la República Dominicana la mayoría de las personas que lavan tierra para buscar oro no entienden que esto tenga que ver con el pasado colonial ni con el trabajo de los indios. Se trata de algo que también parece ocurrir, tanto en Dominicana como en Cuba, con prácticas tradicionales de diverso tipo. Como indican los trabajos en curso, potencialmente, gran parte de los conocimientos y del legado indígena, están inmersos en nuestra cultura bajo un estatus de anonimato fijado por la ignorancia o enmascarado por el mestizaje y la noción de lo criollo. Lo indígena, que incluso está en nuestros genes, nos acompaña pero no lo percibimos.

Cambiar esta situación es una tarea difícil pero no imposible. Los datos siguen aflorando gracias a diversas acciones de investigación que se desarrollan en el Caribe, motivadas tanto por el interés de ciertos sectores de la sociedad, que se sienten vinculados con ese legado, como por representantes del mundo académico que, como en el caso del proyecto Nexus 1492, entienden que esta es una de las claves que también singulariza a la región del Caribe. Recuperar lo indígena no solo ayudará a entendernos mejor, sino que hará de nuestra diversidad un motivo más importante para estar orgullosos de nuestro ser.

Regreso al oro y minería tradicional

La minería artesanal actual, basada en lavado de arenas y sedimentos en los ríos para buscar oro, está conectada con la minería desarrollada en las primeras décadas de colonización de las Antillas Mayores (siglos XV y XVI) principalmente en La Española y Cuba (países donde aún se practica), así como en Puerto Rico.

En República Dominicana se conservan y usan objetos como las bateas de madera para lavar la tierra o las jícaras para depositar las pepitas, cuya forma es casi igual a los del siglo XV y XVI, algunos de los cuales aparecen en grabados de la época. Incluso persisten técnicas mencionadas por los españoles, como la búsqueda de oro en la noche, usando fuentes de luz que permiten distinguir el brillo de las pepitas.

En ese mismo orden los conocimientos sobre los lugares con presencia de oro aluvial o la manera en que se construyen y usan las bateas, se han trasmitido a través de varias generaciones y forman parte de una sabiduría popular deudora de los conocimientos ancestrales indígenas o de las formas iniciales de minería colonial donde el indio fue un actor clave.

Según documentos históricos de Cuba, aún en el siglo XVIII se reconocía que los indios tenían el conocimiento de los mejores lugares para buscar oro. En esa época y aun hoy, lavar tierra para buscar oro era una actividad realizada por las personas más humildes. Es significativo que varios de los lugares de Cuba donde se mantiene la tradición de búsqueda de oro en los ríos, como Holguín, sean también espacios donde se registra presencia de indios en los siglos XVIII y XIX, y donde persisten tradiciones artesanales, curativas y religiosas de base indígena.

En el caso dominicano lavar tierra para buscar oro aluvial constituyó y aún constituye una actividad económica básica para familias de las zonas de San José de Las Matas, Jánico, Ámina y Monción, por solo mencionar algunos espacios. Sin embargo, la mayoría de las personas que lavan tierra para buscar oro no entienden que esto tenga que ver con el pasado colonial ni con el trabajo de los indios. Se trata de algo que parece ocurrir, tanto en Dominicana como en Cuba, con prácticas tradicionales de diverso tipo. Como indican los trabajos en curso, potencialmente, gran parte de los conocimientos y del legado indígena están inmersos en nuestra cultura bajo un estatus de anonimato fijado por la ignorancia o enmascarado por el mestizaje y diferentes  nociones de lo criollo. Lo indígena, que incluso esta en nuestros genes, nos acompaña pero no lo percibimos.

Guanín, más apreciado que el oro

Se cree que unas 12 toneladas de oro fueron enviadas a España desde las Antillas Mayores, entre 1503 y 1548. Se encuentra poco oro o guanines en los sitios arqueológicos indígenas porque estos generalmente no los incluían en los entierros como adornos u ofrendas, y porque el que había en uso fue expoliado por los españoles.

Arquitectura y paisaje

En la República Dominicana los casos de autoidentificación como indios tienden a ser menos conocidos que en Cuba pero la persistencia de prácticas gastronómicas, curativas y el manejo de cultura material y técnicas agrícolas de base indígena parece ser mucho más fuerte. El casabe, casi perdido en la mayor parte de Cuba, es muy popular y ampliamente comercializado en la República Dominicana la persistencia de los llamados corrales de pesca, una especie de trampa  ampliamente descrita por los cronistas españoles en espacios indígenas, además de las formas y técnicas de colecta de las ostras o moluscos del manglar, junto a las materias primas y las formas de construcción de viviendas rurales, y la manera en que se selecciona y modifica el paisaje para ubicarlas, son aspectos esenciales relacionados con esta herencia cultural

Por otro lado aquí es extremadamente importante la permanencia de términos indígenas en la flora, fauna, geografía, y en otros muchos aspectos de la vida cotidiana, incluyendo nombres personales. Igualmente parece tener mayor relevancia existencia de una cultura material impregnada de técnicas, formas de seleccionar, procesar y utilizar materias primas (fibras  vegetales, maderas, barro, etc.) para elaborar objetos con orígenes indígenas que siguen teniendo peso en la vida cotidiana de las personas o en su defecto han comenzado a integrarse a una producción artesanal con fines más ornamentales. Otro aspecto esencial es la creencia en entes o espíritus indígenas que habitan en lugares como pozas o charcas (río Artibonito, en Bánica por ejemplo) y cuevas como la de San Juan, en Boca de Mana. En ellas los imaginarios locales perciben a los indígenas o sus legados culturales como parte de las propiedades curativas de ciertos paisajes, o dentro de un  simbolismo ritual que revela de forma consciente o inconsciente su presencia en  la actualidad.

En Cuba se observa como la élite indígena tendía a mezclarse con blancos, y una fuerte presencia de descendientes de indígenas y sus mestizos en zonas como Holguín, donde la esclavitud africana y la plantación azucarera fue limitada. Las relaciones con africanos y sus descendientes también están documentadas. Las características diferentes de la República Dominicana, en lo que respecta al momento de entrada de población africana y a la libertad que esta consigue, así como al limitado desarrollo del plantacionismo, pudieron condicionar esquemas de mestizaje donde el vínculo con los africanos fue mucho más importante, aspecto que pretende ser abordado en estos nuevos estudios.

Fuente: https://listindiario.com/ventana/2019/01/20/550104/mas-alla-del-oro

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