Carta para un lajero impenitente: Jorge F. Garcell Domínguez

Carta para un lajero impenitente: Jorge F. Garcell Domínguez

Por: Laidi Fernández de Juan

Como es sabido, para conocer una región nada mejor que recorrerla con su historiador. Ya sea a través de lecturas, o mejor aún, con la compañía física del Conservador regional, una localidad, por pequeña que sea, adquiere dimensiones de lugar importante. Así me sucedió hace algunos años, cuando visité por primera vez San José de las Lajas, a instancias de mi gran amigo Jaime Gómez Triana y conocí la ciudad de la mano de Jorge Garcell . En aquel entonces San José era un sitio peculiar a mis ojos, porque conservaba una ceiba acerca de la cual, en apariencia, habló Alejo Carpentier, pero faltaba tiempo para que se convirtiera en lo que es hoy: la capital de la nueva provincia Mayabeque.

No creo que mucho haya cambiado San José desde este nombramiento, pero ciertamente indagar sobre sus orígenes, tradiciones, y llegar al esclarecimiento de erróneas teorías acerca de su fundación original, sí cobra relevancia. Todo esto y más, se logra mediante la lectura del libro que debemos a la Editorial UnicornioSan José de las Lajas: Una fragua tierra adentro, del arquitecto, profesor y arqueólogo Jorge F. Garcell Domínguez, cuya obra escrita y apasionamiento proverbial son capaces de entusiasmar al más escéptico visitante.

El hecho de que Jorge F. Garcell haya sido nombrado oficialmente “Conservador de la ciudad de San José de las Lajas” no eleva (porque es imposible) su condición de lajero orgulloso: desde siempre, gusta mostrar el sitio donde vive, labora y se desempeña, con una pasión desbordante. Gracias a él es posible conocer los nombres que, antes de ser reconocida como ciudad, tuvo San José y el origen de su denominación: vecinos y usuarios insertaban rocas y lajas para lograr mejor pavimentación y tránsito en el Camino Real a Güines, y al mismo tiempo, sentí una especie de culpa, de vergüenza por mi condición de capitalina. Ello se debe que el autor de esta investigación no escatima en demostrar los abusos que los habaneros de entonces cometieron con los lajeros de antaño.

Nos habla de los desmanes y usurpaciones violentas de los vecinos habaneros, de las continuas disputas y discrepancias entre los cabildos de Guanabacoa y La Habana, y del modo peyorativo que se empleaba para referirse a la zona de la actual capital de Mayabeque: “ciudad satélite de la capital” y “traspatio capitalino”. Como resumen, Jorge afirma que los vecinos capitalinos practicaron una desmedida geofagia sobre las propiedades indígenas próximas a La Habana.

Empleando tono de pesquisa policial, el autor nos adentra en las intrigas legales, trucos, tejes y manejes que impidieron que su ciudad fuera reconocida como auténtica cuando ya sus pobladores poseían  tierras y características muy propias. Por si fuera poco, nos aclara que las actas y los documentos consultados se encuentran en un avanzado estado de deterioro, de manera que resultaría casi imposible revisarlos en la actualidad. Particular interés despiertan los capítulos “El templo y su entorno fundacional” y “Los lajeros de entonces”. 

Una curiosa disputa se establece (más bien debiera decir entabla el propio Garcell) acerca de cuál edificación fue construida antes: la Iglesia o la bodega de San José; lo cual evidencia la minuciosidad del autor en aras de lograr exactitudes históricas. 

Ese mismo espíritu indagador y honesto lo conduce a la osadía de dedicar un capítulo entero —y sospecho que ese haya sido el primordial interés de su indagación— a impugnar el mito fundacional. Varios legajos históricos apoyan su tesis y lo avalan de modo rotundo: “el origen y surgimiento del asentamiento lajero es un resultado desfigurado debido a atrevidas interpretaciones indocumentadas, cuyo relato es transmitido una y otra vez, a repetición por varias generaciones de historiadores que copiaron unos de otros los mismos relatos”, nos dice.

Así, fundamenta su afirmación en tres errores básicos, que se encarga de denunciar y, por supuesto, ofrece su nueva y documentada versión de los hechos. Resulta que no fue la cría de caballos con el objetivo de venderlos a precios elevados a los conquistadores castellanos, quienes en tránsito por La Habana se dirigían a otras tierras de América, como se creía hasta ahora, lo que dio origen a lo que entonces se llamaba Sabana de Caballos y más tarde San José de las Lajas. Además es falso que existiera una iglesia local antes que pobladores (al final sugiere Jorge que el templo religioso y la bodega deben haberse edificado casi simultáneamente), y también coloca en tela de juicio la referencia a un cruce de caminos en el espacio inicial.

Exquisitos planos topográficos e imágenes de la época ilustran este texto como apoyatura imprescindible al ensayo que desarrolla el Conservador de San José de las Lajas. No solo a los lajeros resultará interesante la lectura de San José de las Lajas, Una fragua en tierra adentro, sino a todos aquellos que gustamos visitar la Historia de nuestro país a través de miradas frescas, responsables, apasionadas, como la de Jorge Garcell.

Fuente: http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=14827&idcolumna=31

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